Por Jorge Laplume.
No era fácil la vida de aquella niña mujer.
En un ámbito tan machista, desarrollar su instinto de superación le costaba hasta tres veces más que a los varones.
Y eso de tres veces más no era un número al azar, pues ella llevaba su propia estadística: lo que Nacho conseguía al primer pedido a su padre, a ella le costaba habitualmente tres intentos.
Eso, sin duda, la marcó para el futuro que le venía: meterse donde “no debía acercar la nariz una mujer”.
Magdalena, (ya su nombre le signó lagrimas incontenibles) no era conciente de ese clic en su rutinaria vida, de insistir hasta conseguir.
Tal vez la mañana en que su padre, a diferencia de todos los días, no la despertó para exigirle el mate y las galletitas, comenzó el cambio.
La noche anterior, como era habitual los martes, los hombres que lo conocían, se reunían a tomar vino hasta desmayar.
Eran costumbre las risotadas de borrachos abandonados a la vida, seguidos de llantos inconsolables.
Una partida de truco era la excusa como si la necesitaran, y algo parecido a una desabrida polenta, para “bajar el vino”, como decía el negro Antunez.
La melancólica y deprimente juerga terminaba cuando el padre veía que los que “a punto de dormirse en el suelo” eran más de la mitad.
Recordaba Magdalena el triste espectáculo de los miércoles de invierno, a la mañana, donde por el frío exterior nadie se iba antes del mediodía, y ella debía pasar por su propia casa esquivando cuerpos dormidos.
Tal vez, alguno de esos días, ya su cabeza exploraba cambios.
Odiaba ser mujer.
Odiaba la estúpida condición masculina del chiste soez y la ordinaria intención que ellos tenían de tocarla. No toleraba ya ni un beso de su padre.
Sin embargo en su interior, también gracias a los libros que lograba esconder, imaginaba que un mundo mejor era posible.
Ese día que su padre no la despertó, creyó primero que había muerto. Hizo un silencio total y absoluto en su colchón tratando de escuchar, inmóvil, algún movimiento o resoplo para confirmar o descartar su primera teoría.
Un medio ronquido la ubicó en la realidad:
Estaba vivo.
Y allí tuvo una gran contradicción: ¿estaba feliz o triste?
Le dolió algo dentro. No podía desear la muerte de su padre ni de nadie, pero también pensó que si llegado el caso hubiese ocurrido, algo cambiaría.
Precisamente en ese instante, decidió que el cambio no podía esperarlo del cosmos o del exceso de vino barato. Pensó en silencio que si el abuso etílico de los martes a la noche no lo mataba, podría matarlo ella partiéndole una botella en la cabeza, una y otra vez hasta confirmar que no respirase.
Y rió.
Quizá la idea no le pareció tan descabellada. Intuyó como serían los momentos posteriores y no le gustó: La policía, los amigos del padre, los parientes de la madre, que de muy mala gana, sólo aparecerían para sacar algún provecho, y ver de llevarse algo, por más pobreza que allí sobrara.
Su hermano era un año y medio mayor que ella, y mucho más alto y corpulento.
A veces ese cuerpo fornido de cargar bolsas de cemento o ladrillos le permitió desmayar a Magda, de un cachetazo exagerado.
Una vez, incluso, le fracturó la mano izquierda, que aun hoy muestra una marca visible por una defectuosa soldadura sin yeso.
2
Contrariamente a lo que pueda imaginarse, Magda, fuera de casa era vivaz.
No le gustaba dar lástima, ni que el mal rato que era estar entre esas cuatro paredes, o chapas, en realidad, la atormente todo el día.
Le costaba, claro. Pero se notaba el esfuerzo en su rostro y en su postura corporal.
La cara le cambiaba a la vuelta de la esquina. Y no era una manera de decir. Para bien, cuando se iba a trabajar como empleada domestica, y para mal cuando volvía… todo en esa esquina.
Y no era una esquina cualquiera. Era la esquina del quiosco.
Así como tantos ven la posibilidad de nutrirse gracias a bibliotecas, viajes o buenos colegios, ella veía en ese quiosco otro mundo. El de las chicas lindas exitosas de Gente o Caras, y el de los mundos diferentes de las enciclopedias en fascículos.
Walter, el quiosquero, era un viejo de unos sesenta y pico de años, que tenía un especial afecto por Magdalena. Era un quiosco de los típicos de Buenos Aires, verde, con muchas puertas para cerrarlo bien de noche. El tipo le decía a Magdalena que le hacía acordar a su nieta y por eso tenía privilegios con ella, como el de permitirle hojear las revistas apenas llegaban.
Todos los días, casi a la misma hora, el banquito de Walter dejaba su función de asiento para apoyar allí el atado de las revistas recién llegadas. Era ahí donde, con un guiño cómplice, le dejaba revisar lo que había llegado, incluso antes de que el viejo cotejara si estaba todo el pedido, tildando en una hojita con una cuadricula, lo que había recibido en esa entrega, aún así renunciando a cualquier reclamo posterior por si algo de lo facturado no se le hubiese entregado.
Y no fue esta vez ni las fotos del verano ni las maravillas de los mundos desconocidos lo que le llamó la atención. Era normal allí escuchar una frase repetida: “Abuelo, si hoy no la vende, ¿me la puedo llevar esta noche?, la veo en casa y mañana se la devuelvo. Ni se la arrugo, se lo juro…”
Hoy abrió sus ojos y su boca inmensamente grandes por una colección que ese día era lanzada: “Armas de Hoy”.
Se extrañó. ¿Era la chica de tapa, una rubia muy de cine, la que le llamó la atención? ¿O el Mágnum X32 que portaba a modo de juego de seducción?
¿O el conjunto de ella con el revolver?
Su escasa educación no fue poca para que le impida pedirle a Walter “esa” revista. Algo le decía que quedaba mal. Pero casi al tiempo que la mezclaba entre otras, escuchó “si querés, llevála…yo no digo nada, esa revista, acá, nunca estuvo…”
Sin mirarlo al quiosquero, con la cabeza gacha, la guardó silenciosamente en su mochila, y apenas un “cha!” sirvió tanto como despedida y agradecimiento a la vez.
La jornada en la casa que limpiaba se hacía eterna. ¿Sentirán esto los chicos del barrio cuando le afanan a Walter una revista de minas en bolas, y no ven la hora de encerrarse para mirarla solos, y vaya a saber que cosas hacer?...pensaba.
Apenas pudo, aprovechó los 15 minutos para comer hojeándola al menos por arriba. Nunca había visto un arma tan de cerca, con fotos tan grandes, y su cabeza empezó a volar.
La doble página central era un poster, presentando un modelo nuevo, un par de recuadros se dividían con opiniones a favor y en contra. Los que la elogiaban destacaban su versatilidad, eficacia y le escasa necesidad de conocimiento en armas para sacarle el máximo provecho. Los que la defenestraban hablaban de que siendo tan práctica y económica, llevaría al mundo a un sinfín de asesinatos domésticos
¿Domésticos?, pensó….
3
-¡Che, estúpido! ¡A vos te estoy hablando! ¿Donde está la tarada de tu hermana? Ya es la hora de comer y la idiota no aparece….
Andá a buscarla, hacéme el favor, ¿querés?, debe estar putañando por ahí, pendeja de mierda…
No era la primera vez que ella se demoraba. Mal que le pesaba, trataba de evitarse el odioso carácter de padre, que llevaría todo a un inacabable sermón con gritos e insultos histéricos incluidos, seguramente algún cachetazo, y posteriormente más vino en la sangre del violento.
Pero a veces el retraso era inevitable.
Razones reales como la demora del colectivo, algún piquete, o hasta charlar en la esquina con Judith, la hija de la fiambrera, no aplacaban el enojo del padre en horas de la comida. Más de unas vez Nacho la fue a buscar y, medio desobedeciendo la orden y otro poco, poniéndose en el lugar de ella, intercedía para evitar el caos de retos y castigos.
Nacho también lo hacía por interés: estaba enloquecido con Judith, que como no mostraba nada de atención por él, pensaba que su hermana podría ayudarlo a lograr algo.
Más allá de este favor que él le pedía, Nacho y Magda no eran de contarse demasiadas intimidades. Ella veía en él un pichón de su padre, quien estaba haciendo un curso veloz en “Gritos y Violencia Familiar”. Lo creía enfermo sexualmente simplemente por que más de una vez lo descubrió masturbándose con alguna revista que traía a escondidas.
A él, ella le intrigaba: le llamaba la atención que era mujer, y que soporte muchas cosas, a veces más que si fuese hombre, cuando las enseñanzas recibidas le enseñaron que ellas eran las débiles, lloronas e inútiles. En definitiva, le tenía una extraña mezcla de respeto, curiosidad y miedo.
Sin embargo, esa noche, después de lo que fue una especie de cena recalentando comida de otro día, cuando escucharon los primeros ronquidos de su padre, Magda quiso hablar.
- Che, ¿ya te dormiste?
-Mmmmmnnnooo… ¿Qué querés? Levantate vos a abrirle al Chanchu, yo ya le puse agua afuera…
-No boludo, quería preguntarte algo…
-Mmmqué?
-¿Vos estás contento con esta vida?... bah! yo diría vida de mierda, pero, no…vos decime: ¿estás contento, no sé, feliz?
-Uy loca… ¿Qué te pasó? ¿A que viene esto ahora? Tengo sueño…y si es por algo que te contaron, te juro que hace como tres meses que no choreo…
-No, no...No hablo de eso. Digo si no te pasa alguna vez, una vez aunque sea por la cabeza lo de estar mejor, salir de acá, de esta chotada…no sé, no te digo estudiar, por que ni vos ni yo podemos pasar ni cerca por la puerta de un colegio, pero algo…
-Y si…a veces cuando afano…quise decir, cuando afanaba, me imaginaba tener guita bien, sin tener que pensar que esa es la única para nosotros. Y enseguida me imaginaba un auto lindo, comer rico, pero rico rico en serio, y garcharme a una de esas minas de la tele, ja, ja ja…pero después…ahí me daba cuenta que la única es la mía, revender un estereo, y cosas así, y, si, que después el viejo me cague y me saque la guita y listo.
-¿Ves? Eso te digo… ¡yo también estoy podrida de esto! Ayer, cuando no se porque no se despertaba, pensé que se moría… ¡y no me puse triste!
-Pará loca, pará…si el viejo se muere, yo…yo…no sé…el es, el es….
-Nada, él no es Nada, Nacho. NA-DA.
-Pero esta casa la hizo él…
-¿Casa? ¿A esta pocilga le decís casa? Cuatro chapas, piso de tierra, y afanarle la luz a los Gomez.
- La luz y el cable. Y si…eso es verdad… ¿y que pensabas hacer? ¿Matarlo? ¡Ja!
-Si.
Nacho vio en ella una mirada que nunca le había visto: equilibrio perfecto entre frialdad y odio.
-Eso si, Nacho…en esta me tenés que ayudar.
El no sabía que decir… tenía miedo que fuera tan real como parecía, sin embargo su parte interna, la del espíritu violento, lo disfrutaba.
-¿Cuál es el plan?
Bastó para preguntarle así, para que ella se incorpore en el colchón como un resorte.
- Todavía no sé, pero si sé que tenemos que hacerlo muy bien, organizadamente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario